La idea de otorgar un nuevo propósito a aquello que parecía predestinado a uno solo siempre me despierta asombro y curiosidad —especialmente por la creatividad que implica— y, en ciertos casos hasta me siento emocionada. Hace poco leí sobre un estadio abandonado desde 2008 en Taiwán. No hay nada más desolador que estas grandes estructuras en ruina: enormes espacios sin uso, vacíos, que ocupan suelo que para muchas ciudades podrían ser áreas verdes y vivas, que ofrezcan oxígeno a la población. El Estadio de Fútbol Zhongshan renació como un gran huerto comunitario, donde las gradas, devinieron en los clásicos bancales para cultivar todo tipo de plantas.

Y me pregunto, ¿que hacemos en España con estos espacios abandonados? ¿Los podríamos convertir en espacios sostenibles y comunitarios?